Mi padre me enseñó a jugar ajedrez, aunque desde los 16 años, no tengo con quien hacerlo.
Me enseñó a caminar sobre la acera, con precaución de los conductores alicorados y sobrios que pasan por las calles.
También me enseñó a leer, El siempre tenia cinco o seis libros en su mesa de noche.
Algo que nunca pude hacer, fue leer tantos libros al mismo tiempo.
Si acaso, de a uno en uno, como en el amor.
Finalmente, me enseñó a amar. Este talento o debilidad, lo aprendí a la perfección.
Fue como esos partidos de ajedrez que mi padre y yo jugábamos hace años y El ganaba siempre, aunque perdiera de vez en cuando. -Me dejaba ganar-.
Hoy, así fue mi derrota.
Increíble. Bella.
Como en aquellos tiempos...
Y con dos o tres jugadas en poco tiempo... no el suficiente para enamorarme del juego, desde luego.
Pero fue una limpia derrota.
Lo que no sabría explicarle a mi maestro de ajedrez, es que estoy tan demente, que creo que la partida la jugué contra mi misma.
Con seguridad, El respondería: "entonces jugaste -solitario- y no ajedrez".
Mi replica seria:"Siempre me gustaron mas los juegos de a dos y, parecía ajedrez, El movió una torre, eso podría jurarlo..."
Y estaria pensando, como quien medita en lugar de pensar, "no era un juego de naipes, yo moví mi ultima ficha".